sábado, 26 de marzo de 2016

La tertulia de los muertos

Imagen de la capilla
La Capilla de Santiago de la Catedral de Toledo es una de las más suntuosas y de mayor tamaño. Bajo ella se aloja el cadáver de un ilustre personaje y algunos miembros de su familia: el Condestable don Álvaro de Luna, ejecutado en 1453.

Mientras sentía cómo la metálica hoja estaba próxima a su cuello en aquella plaza Mayor de Valladolid, un 2 de junio de 1453, en esos segundos en los que el verdugo deja al sacerdote que finalice un responso, don Álvaro recordaba su infancia, su vida junto al rey Juan II, y los enemigos que habían logrado llevarle a la terrible situación en la que se encontraba: el marqués de Villena, el de Santillana, pero sobre todo Isabel de Portugal, segunda esposa del Rey… Y las intrigas que durante su vida le habían llevado a ser una figura central del Reino de Castilla con un tremendo poder.

Don Álvaro de Luna con la capa de la Orden y cruz de Santiago al pecho, del retablo de Sancho de Zamora en la capilla de Santiago en la Catedral de Toledo. Fue Maestre de la Orden desde 1445 a 1453.Con 63 años, había vivido una vida intensa, como caballero y como servidor de la Corona. Recordaba en este trance a su familia, y el encargo que había dejado a su mujer, Juana de Pimentel, para que lograra el traslado y sepultura de su cuerpo en la Catedral de Toledo, donde un día esperaba descansar con su familia.

La cabeza rodó por el patíbulo mientras don Álvaro dejaba de existir en este mundo.

Juana logró su propósito, no sin pocas trabas, pero también el dinero lo podía todo en una corte notablemente corrupta. Recuperaron su cuerpo del convento de San Francisco, y su fiel servidor, Gonzalo Chacón, trasladó los restos hasta Toledo donde fue recibido y sepultado en la capilla de Santiago, que don Álvaro había financiado. Allí descansó.

Don Álvaro, no contento con edificar la capilla más suntuosa de la Catedral de Toledo, también había dejado un curioso encargo: una estatua de bronce que gracias a cierto resorte era capaz de incorporarse durante la Consagración de la eucaristía y posteriormente volver a su posición yacente, como muestra del poder alcanzado en vida (y en la muerte) por el Condestable de Castilla y Gran Maestre de la Orden de Santiago.

Pasó el tiempo, y en 1808, el maestro de cantería Luciano Martín Forero recibió el encargo de la Obra y Fábrica de la Catedral de bajar a la cripta de la capilla de Santiago y con la ayuda de algunos peones revisar la bóveda y reparar desperfectos.

Con no pocos esfuerzos, lograron los operarios mover la pesada lápida que cubre el acceso a la cripta, y prepararon faroles de aceite para alumbrar la oscuridad que emanaba del agobiante y húmedo espacio que se abría bajo sus pies. Bajo la atenta mirada de numerosas personas que allí se dieron cita para la apertura por primera vez desde el siglo XV de esta cripta, uno de los peones comenzó a descender los escalones, seguido del resto de la comitiva.

Luciano, que bajaba en segundo lugar, había escuchado viejas historias sobre estatuas yacentes que se incorporaban, pero que fueron retiradas en pocos años por la reina Isabel la Católica por la algarabía que formaba entre las gentes que impedía el normal desarrollo de los oficios religiosos. Le habían contado también leyendas de fantasmas, de diablos y de espectros que poblaban los misteriosos subterráneos de la Catedral…

Un fuerte grito hizo abandonar estos pensamientos a Luciano, al tiempo que la lámpara que portaba el primer peón se apagó de forma repentina. La negrura que les rodeaba hizo temer lo peor al grupo, que no tardó mucho en introducir otra lámpara de aceite desde la entrada…

Cuando llegaron al último escalón y se unieron al primer joven, observaron que con cara de terror miraba hacia el centro de la cripta, donde un grupo de esqueletos, sentados en viejos sillones y con la ropa hecha jirones posaban los restos de sus manos sobre una vieja mesa como si en una macabra tertulia estuvieran desde hace siglos. Las cuencas vacías de los ojos de los familiares del Condestable parecía que observaban detenidamente una calavera que reposaba en el centro de la mesa, posiblemente la cabeza separada del cuerpo de don Álvaro,  que el 2 de junio de 1453 rodó en Valladolid.

Sobrepuestos ante este primer y terrorífico encuentro, los operarios rápidamente repararon los desperfectos en la bóveda, mirando ocasionalmente al macabro grupo sentado en la tertulia eterna, saliendo tan pronto como pudieron de aquella cripta. Aún le quedaron fuerzas a Luciano para grabar con la punta de su navaja en una pared de la cripta su nombre y la fecha de aquel día.

Comentarios a esta Leyenda:

Sixto Ramón Parro menciona la macabra visita en su guía de Toledo (libro 1º, página 386) Fue publicada en la revista “Toledo”, en 1889, número IV por José María Ovejero, y posteriormente ha sido recuperada en diversas ediciones como Mateo y Rodríguez (2007) o Pantoja y García (2009)

Goitia Graells menciona esta tradición en el discurso de Apertura del Curso 1980-1981 de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, en una interesante intervención (“Historias, tradiciones y leyendas de la Catedral Toledana") que se puede consultar íntegra en la Web de la Real Academia y especifica lo siguiente:


“Juan Moraleda dice: que en la bóveda sita bajo los sepulcros de don Álvaro de Luna y su esposa, en la Capilla General de la Iglesia Primada existen aún los cadáveres de los citados personajes; y que don Manuel López Coronado, presbítero beneficiado y Sacristán Mayor en dicha Catedral, que en unión del Juzgado de Primera Instancia, bajó a dicha bóveda en 1869, a raíz del primer gran robo de la iglesia, manifestó a un amigo, que allí no había mesa ni esqueletos algunos en derredor de ella y si sólo unos cuantos huesos hacinados sobre tierra muelle». La edición de Parro en que figura la nota es de 1857, por lo que bien pudiera ser cierta ya que la citada del señor Moraleda se refiere a 1869, en que bajó el citado Sacristán Mayor, y entre los años que median esas fechas podrían haberse ejecutados obras y los esqueletos que hubiera haberse retirado, quedando solo los restos a que hace referencia don Manuel López Coronado.”

Fuente: Leyendas de Toledo

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