miércoles, 6 de abril de 2016

Inés de Castro, reina después de muerta

 
Sepulcro de Inés de Castro


En esta historia al igual que en otras muchas, se mezcla leyenda con realidad. Se tiene por cierta que después de muerta fue desenterrada y sele trato como reina haciendo que toda la corte la besara la mano, pero parece que esto tiene más de mito que de realidad, aunque si es cierto que llego a ser reconocida como reina después de muerta. La versión más histórica se puede leer aquí, yo voy a contar la versión que incluye la parte supuestamente legendaria.

  • Tantos años después de su muerte, el Rey rescató su cadáver e hizo que la corte le besara la mano

Entre 1325 y 1357, cuando el reino de Portugal pertenecía el rey Alfonso IV, y éste se hallaba envuelto en continuas guerras de poder contra los reyes de Castilla y Aragón se decidió, como era costumbre en la época, que lo mejor era desposar a su hijo primogénito, Pedro I, con doña Constanza de Castilla y obtener así, con esta alianza de sangre, la tregua de la paz. La infanta era hija de Juan Manuel II, descendiente de Alfonso X, y de la infanta Constancia de Aragón.

La boda se realizó por poderes en 1339 y no fue, hasta cuatro años después, que el matrimonio pudo consumar su unión. Cuando el infante don Pedro salió entre la comitiva –música, danza, trovadores- al encuentro de Constanza, en lugar de prendarse de su esposa , cayó rendido ante la belleza de doña Inés de Castro, dama de compañía de la Infanta de Castilla y “un milagro de hermosura en aquel siglo”, a quien llamaban cuello de cisne. Inés, hija del hidalgo Pedro Fernández de Castro, descendía de una poderosa familia gallega entroncada con Sancho IV, y había recibido una esmerada educación en el castillo familiar de Peñafiel, Valladolid. Poseía, además, inteligencia y talento y unos preciosos ojos azules.

Boda secreta y asesinato

En 1345 murió doña Constanza al dar a luz a su segundo hijo y, don Pedro viéndose libre de sus votos decidió convertir en esposa a su amante que era ya madre de sus tres hijos: los infantes don Pedro y don Dinis y la infanta Beatriz, en una ceremonia oficiada por el obispo de Braga. Desobedeciendo a su padre, que una vez más había buscado para él otra princesa, el infante se casó en secreto con doña Inés. Después, se instalaron en los pazos de Santa Clara, Coimbra, a la izquierda del río Mondego; y vieron crecer felices sus hijos –tuvieron cuatro, pero uno de ellos falleció al nacer- durante un tiempo. Hasta el momento en el que, en el hoy desaparecido palacio real, se tomó la decisión de condenarla a muerte por razones de estabilidad política.

Alfonso IV decretó la muerte de su nuera en 1355 y encargó el cometido a tres cortesanos llamados Pedro Coello , Diego López y Álvaro González que se trasladaron hasta Coimbra, la ciudad- sede de la corte portuguesa en el siglo XIV- donde vivía doña Inés. La degollaron delante de los ojos de sus hijos, en ausencia del infante Pedro, en los hermosos jardines de la Quinta das lágrimas, escenario de su amor secreto.

Doña Inés, sentada en el trono, fue coronada años después de morir
El Infante, furioso y desesperado por la atroz muerte de doña Inés, se levantó en armas contra su progenitor y consiguió, tras promover una revuelta nobiliaria contra la autoridad del Rey, que el reino se dividiera en dos. Para entonces, cuenta ya la historia entroncada con la leyenda, que don Pedro se cubrió el rostro con un velo negro para que nadie le viera llorar y que luchó endemoniadamente, durante años, al frente de sus tropas ofreciendo el pecho a las espadas enemigas.

No hubo descanso para el Príncipe al que empezaron a llamar El justiciero - durante los años de sangrienta guerra civil hasta que, en 1357, tras la muerte de su padre, el rey Alfonso IV, asumió los derechos de la corona. Persiguió, entonces, a los asesinos de su esposa, torturó hasta la muerte a dos de ellos y convocó una asamblea donde proclamó que Inés de Castro había sido su esposa y la madre de sus hijos. Después, hizo exhumar sus restos de la tumba de Coimbra y los llevó a Alcobaça, donde ordenó que el esqueleto de su esposa fuera vestido con atuendos reales. El cadáver de doña Inés, arropado por tules y sentado en un trono, fue solemnemente coronado en 1361; Tras la ceremonia los cortesanos le besaron la mano.

Pies contra pies para encontrarse de frente el día del Juicio final
Como último tributo a su gran amor, el rey Pedro mandó construir en el Monasterio de Alcobaça dos tumbas. Talladas a mano, -constituyen auténticas obras de arte funerario gótico- dos estatuas yacentes, imágenes de ángeles y de las Cenas de la vida de Jesús, la Resurrección y el Juicio final. El infante don Pedro y doña Inés, según ordenó el Rey antes de morir, fueron colocados pies contra pies para que al despertar, en la eternidad, el día de juicio, sus miradas pudieran encontrarse frente a frente.

Fuente: Hola


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