martes, 21 de junio de 2016

Supersticiones marítimas

La mar ha generado muchas supersticiones
Hay quien afirma que los marineros se han refugiado siempre en una serie de creencias que les ayudan a soportar las duras condiciones de la vida en la mar. Es bien cierto que cuando navegas en un barco sólo la estructura de acero o madera, a veces demasiado débil, te separa de sufrir percances varios en la inmensidad del océano.

Es de comprender que en los principios de la navegación,  la gente de la mar, con la mentalidad de entonces, necesitara romper tabúes y adoptar medidas adecuadas para aplacar la ira de los dioses y suponer que así la tormenta no estallaba, que el viento soplaría favorable y que la embarcación iba a llegar sana y salva a puerto.

A través del tiempo hemos llegado a nuestros días, y de una forma u otra, las supersticiones continúan vivas entre quienes tenemos esta profesión, aunque he de confesarles que siempre les achacamos como más supersticiosos a los pescadores, quizás por aquello de que han buscar condiciones más favorables para lograr lances que sean rentables.

Para quienes desconocen el medio, les sorprenderá que las supersticiones marineras han influido en la historia de la navegación, seguramente debido a que el universo marino y lo que comporta en sí, al ser hostil y desconocido desde tiempos antiguos, siempre ha representado un temor y un misterio para el hombre de mar, creándole una sensación de vulnerabilidad a bordo tan solo superada por rituales supersticiosos basados en el innato temor del ser humano a lo desconocido.

Por todo ello muchas son las supersticiones que se han venido teniendo en cuenta a la hora de hacerse a la mar, y como sería prolijo reflejar todas ellas, propongo entresacar algunas de las más conocidas y curiosas. Si nos remontamos siglos atrás, podemos conocer en primer término las relacionadas con las creencias religiosas.

Así tenemos el caso de que un marinero hallado borracho en tiempo de servicio se exponía a recibir 24 latigazos. Y de ahí viene que los nuevos reclutas del mar solían ser advertidos por los viejos navegantes: “Muchacho, si te tatúas un crucifijo en la espalda estás salvado,” ya que pensaban que del contramaestre para abajo nadie osaría levantar el látigo contra el rostro de Cristo. Y aun en tal caso, el mismo látigo se desviaría.

Como saben, cada embarcación tiene su propio nombre y ello le confiere su propia personalidad, llegándose al extremo de atribuirles buena o mala suerte, es decir, que de siempre han existido buques con fama de gafe. Cuando se bota una nave es costumbre estrellar una botella de champagne contra el casco, cuyo origen se remonta a los tiempos en que se vertía vino tinto en la cubierta para que fuera libado por los dioses del mar. Los vikingos hacían esta ofrenda con la sangre de algún prisionero.

En el bautizo marítimo de la embarcación, siempre se evitaban nombrarlas con algo relacionado con el fuego, los relámpagos y las tormentas, y nunca debía cambiarse ese nombre, si bien ya no es aplicable y se viene realizando generalmente al cambiar de armador. 

En la antigüedad era de mal augurio salir de puerto en determinadas fechas, que se consideraban nefastas para navegar y así, en el mundo anglosajón no lo hacían los viernes (día en que crucificaron a Jesucristo), el primer lunes de abril (día en que Caín mató a Abel), el segundo lunes de agosto (día en que Dios Castigó a Sodoma y Gomorra) o el 31 de diciembre, siendo los miércoles el día ideal para hacerlo.

En el resto del mundo, y especialmente entre los pescadores de bajura, continúa vigente el mal presagio que supone el escuchar las campanas de una iglesia mientras se zarpa.

Como algo positivo se consideraban los Fuegos de San Telmo, que como saben es la luminiscencia que aparece en los extremos de los palos del barco bajo determinadas condiciones atmosféricas

Con el objetivo de proteger al barco y a su futura tripulación, los armadores colocaban una moneda bajo el palo mayor. Una estrella polar dibujada en el extremo del bauprés también ayudaba. Sin embargo, la protección del barco y su tripulación recaía sobre todo en el mascarón de proa. En su origen, los mascarones iban dentro del barco, cumpliendo una función religiosa: primero como cabezas de animales sacrificados a los dioses, después estas fueron sustituidas por tallas de madera. Finalmente pasaron a la proa, bajo la forma de algún animal totémico o alguna deidad marina, hasta que a principios del XIX se popularizaron las figuras femeninas (vestidas o no), por la creencia de que su visión amansaba a los dioses del mar. Si el mascaron fallaba en su cometido, y por tanto el barco naufragaba, se le cortaba la cabeza para que no volviera a ser utilizado.

Algo que traía mal fario a bordo eran las flores y los paraguas. También entregar una banderola a alguien a través de los travesaños de una escalera o ponerse la ropa de un compañero fallecido antes de terminar la travesía.

Respecto a los animales, a bordo era mal vista la presencia de los de pelo, y bien aceptados los de pluma, a excepción del gallo, ya que si cantaba era señal inequívoca de mala suerte. Pese a tener pelo, el gato era muy considerado por aquello de acabar con los ratones y servir de distracción a los marineros.

Curioso es que una aleta de tiburón era un valioso talismán, pero si uno de estos escualos seguía al barco por la popa era presagio de la muerte de algún tripulante.

Unas aves muy consideradas desde siempre han sido los albatros, ya que era creencia popular que los marinos muertos se reencarnaban en ellos.

Pueden creerse el hecho de que existieron pasajeros digamos “funestos” que era mejor no embarcar. Me refiero a las mujeres a bordo, ya que era creencia que atraían a las tempestades…jejeje. Y de los curas mejor no hablar, al igual que los finlandeses, que tenían fama de ser brujos capaces de hechizar el barco e invocar tormentas.  

Silbar a bordo podía despertar a los vientos y provocar un temporal, y menos aún hacer sonar el cristal de una copa, ya que esto provocaba en algún lejano lugar el ahogamiento de un marino. Los difuntos tampoco eran pasajeros apreciados. A nadie le gustaba transportar un ataúd en su barco, y los marineros que morían en alta mar eran arrojados al océano envueltos en una mortaja de lona con una bala de cañón dentro. La última puntada que cosía la mortaja atravesaba la nariz del fallecido, para que su fantasma no persiguiese al barco. Los ataúdes constituían una mala carga incluso vacíos.

Se ha conservado en la actualidad el ritual religioso del saludo que dirige al alcázar el marinero que sube a bordo, que data de los tiempos en que de ese lugar colgaba un crucifijo. Bien, esto sería en el plano digamos positivo, pero en el rudo mundo de la mar, también abundan los consejos que rechazan los símbolos cristianos y a los clérigos, como portadores de mala suerte.

Por eso algunos pescadores se quedan en tierra el resto del día si se encuentran con un clérigo o una monja al dirigirse hacia el muelle ( les aseguro que esto lo he presenciado de pequeño en mi pueblo). En las islas Faeroes, entre Noruega e Islandia, los cazadores de ballenas creen que su enorme presa se escapará si un barco con un sacerdote a bordo navega entre ellos y la costa.

Hasta la lectura en alta voz o la cita de frases de la Biblia en alta mar implica serias amenazas, excepto durante un funeral. En el año 1707 un marinero, momentos antes de ser ahorcado, gritó desde el pañol de la verga las palabras del salmo 109:

“Acórtense sus días, y otro reciba su ministerio. Que sus hijos queden huérfanos y viuda su mujer. Nadie le muestre misericordia.” El hecho acaecía en el ‘Association’, buque insignia del almirante Cloudesley Shovell. En el mismo año, el Association y otros dos barcos naufragaron cerca de las británicas islas Scilly, con una pérdida de 2.000 hombres.

Según la leyenda, Cloudesley, responsable de la ejecución del marinero, fue llevado inconsciente a tierra por las olas y enterrado vivo. Cierta mujer confesó en su lecho de muerte que lo descubrió en la playa de la isla St. Mary y que lo sepultó bajo la arena después de cortarle los dedos para apropiarse del rubí y de los anillos con esmeraldas que llevaba.

En los días de la navegación a vela se creía que los marineros muertos se reencarnaban en los petreles y en las gaviotas. Si una de estas aves aparecía sobre el barco en alta mar, era señal de tormenta. Pero el ave más temida era el gigantesco albatros de los mares del sur, a cuya aparición seguía inexorable la borrasca. Si alguien abatía a este monstruo de los aires, desataba sobre sí infinidad de desgracias como narra Coleridge en su poema «Leyenda del antiguo marinero».

Pronunciar el nombre de conejo o cerdo en alta mar constituye un tabú cuyo fundamento se ignora. Pero quizá lo más curioso sea la prohibición de silbar. Los diarios de a bordo de los transatlánticos modernos revelan que, incluso durante los últimos 50 años, se ha castigado a los marineros por romper este tabú. Se pensaba que el silbar provocaba la formación de fuertes vientos, y sólo se permitía durante la calma chicha o en medio de la niebla.

Tampoco se libran otros animales. Cuando un pescador sale de pesca, considera de buen augurio que un gato le preceda, pero muy malo si se le cruza en su camino. La gente de la mar suele estar muy atenta al comportamiento del gato a bordo. Es tradición popular que si el gato corre, juega o salta pronostica tormentas y galernas; si se arroja el gato por la borda o es ahogado en el mar sobrevendrán calamidades al navío y su tripulación.

Tales creencias son tan arraigadas que el Almirantazgo británico analiza mucho las posibles denominaciones de los barcos de su flota. Por ejemplo, los nombres de reptil están prácticamente proscritos en la actualidad, ya que en el pasado la Marina inglesa ha perdido cuatro Víboras, cuatro Serpientes, una Cobra, un Caimán y un Cocodrilo, así como un par de Culebras, dos Dragones y tres Lagartos.

No olvidemos el clásico temor a llevar una mujer a bordo (esto quizás proviene de una costumbre misógina más que supersticiosa hoy afortunadamente desaparecida), hasta el típico ritual el romper una botella de champán contra la amura de proa en el momento de botar un barco (si no se partía el cristal era un mal presagio) o el modo de librarse de la niebla o salir de la calma consistente en arrojar una moneda por la borda.

Fuente: Rincón del Navegante Solitario I y II



No hay comentarios:

Publicar un comentario

No dudes en dejar tu opinión. Siempre se puede aprender más y corregir errores gracias a quien lee este blog.