sábado, 3 de septiembre de 2016

Historia del Pueblo Gitano vasco

Documento que cita a José Manuel Minaberria
Revisando los fondos de un archivo vasco nos podemos encontrar con documentación que haga referencia a gitanos y gitanas que, casi con toda seguridad, tenga una naturaleza jurídico-legislativa, procesal o bien administrativa pero con carácter penal. Éste es el caso del documento localizado en el archivo de Villabona (692-4), que trata de la correspondencia fechada en 1851 entre el Gobernador Civil de Gipuzkoa y el alcalde de la citada villa. En la misma se habla sobre la situación de José Manuel Minaberria, señalado como gitano por estas autoridades; una calificación arraigada y empleada, aunque ya hubiese prohibido su utilización por el rey Carlos III en su pragmática de 1783, para pasar a utilizar el eufemismo de “castellano nuevo”.

Analizando el contenido de la documentación, el Gobernador comunica al alcalde de Villabona que la Guardia Civil le ha entregado a este gitano, y que aunque tiene todos los papeles en regla y no le puede acusar de nada, lo debe controlar, y si además vive como el resto de los vecinos, es decir, como Dios manda, pues mejor:


“…como ningún hecho marcado había contra él, y además llevaba su pasaporte en regla, se le ha refrendado para ese pueblo con prevención de presentarse a V. (...) y haciéndole comparecer a su presencia le reconvenga severamente por esa vida herrante a que está entregado, escitándole y estrechándole tambien a que adopte otro modo de vivir más en armonía con el que observan los demás vecinos, que exigen las leyes y convienen al País”.

Cierto, “el país” venía marcando y marcará cómo se debía vivir y cómo combatir al vagabundo gitano. Un recorrido por las actas de las Juntas Generales del Gipuzkoa desde el siglo XVI nos confirmará tal afirmación, llegando hasta las de las sesiones de finales del XIX, donde situaríamos el texto que estamos comentando. Pero la correspondencia entre la Guardia Civil y las autoridades locales vascas sobre el tema gitano continuará durante las primeras décadas del siglo XX, e incluso encontramos en 1931 una recopilación de acuerdos adoptados por las Diputaciones Forales relacionados con la persecución y expulsión de gitanos, mendigos y mala gente.    

Volviendo al texto, el Gobernador conmina al alcalde a:

“...que en lo sucesivo ni a este interesado ni a ningún otro que pertenezca a su clase le espida pasaporte por más de un mes (...) y, finalmente, que vigile V. muy de cerca su conducta procurando evitar todo desmán...”.

No sabemos si el alcalde siguió las recomendaciones del Gobernador, pero lo que si sabemos con certeza es que la Guardia Civil sí lo hizo, y hasta 1978 figuran en su reglamento varios artículos (tres en concreto, el 4º, 5º y 6º) que inciden directamente en la vigilancia escrupulosa de los gitanos.

Hasta aquí lo que el documento nos aporta en primera instancia: el clásico análisis de la documentación emitida por las autoridades en la que el gitano o la gitana aparecen como víctima de una directiva jurídica o culpable de una conducta delictiva. Las posturas del historiador pueden ser dos, una es la que apoya estas actuaciones represoras (Gorosabel lo tenía muy claro), pero en el siglo XXI la decencia ética nos arrastraría a la otra, a la de hablar de comportamientos racistas, políticas excluyentes y persecución evidente por parte de las autoridades a los miembros del Pueblo Gitano.

Pero no basta con eso. Desgraciadamente para el investigador, sólo ha quedado un legado parcial de la historia de los gitanos, el que está escrito por la parte que ya hemos mencionado. No en vano los gitanos, como pueblo ágrafo, apenas ha dejado nada escrito acerca de su pasado. De esta forma, hay que zambullirse hasta tocar el fondo del documento que nos encontramos. Si no, sólo nos quedaríamos en la historia de persecución tan trillada últimamente por los “gitanólogos”.

Ahora sí, ahora emergeremos de este documento de Villabona con los puños llenos de cosas interesantes. Porque interesante es el apellido que nos deja: Minaberria. No es común que se relacione este apellido con el Pueblo Gitano, y lo normal es que los neófitos del tema se queden en el Jiménez, Valdés o Echeverria para identificar a los gitanos de Euskal Herria. Nada más lejos de la realidad, y aunque el tema de las genealogías y los apellidos entre los gitanos vascos daría para otro extenso artículo, apuntamos aquí que existen muchos más, a los que podemos añadir ahora el de Minaberria.

Pensar que pueda estar confundiéndose el tipo penal de “gitano” con un nativo de las provincias vascas que no pertenece a ese grupo humano es un craso error, al menos si consideramos como gitanos a los que hoy en día se reconocen como tales. Me explico, tras consultar varios registros sacramentales comprobamos como varios miembros con ese apellido están emparentados con los archigitanos Echeverria, Valdés y Jiménez, pero también con los Berrio y los Altimasveres. ¿Encontrar un apellido que hasta ahora no se relacionaba con gitanos es importante? Sí, y mucho. Como hemos apuntado, los Minaberria nos han conducido a los antes mencionados, y estos últimos a otros como los Echepare o los Larralde, estos segundos con bastante documentación de los siglos XVII y XVIII y que originalmente eran llamados “Yturbide”. Pero aún tenemos más, tirando de los Minaberria, llegamos hasta Aguirregomezcortas, Querejeta o Barrenecheas, apellidos éstos sí, nada gitanos. Estos enlaces denotan la mezcla y asimilación de muchos gitanos vascos (que sólo hablaban euskera) entre las capas rurales de la sociedad mayoritaria, como se constata en Zestoa o Mendaro a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, hasta el punto de haber olvidado hoy en día sus descendientes su origen.

El estudio genealógico es importante porque confirma o desmiente hipótesis creadas para el estudio de la Historia del Pueblo Gitano. Que un matrimonio gitano  como el formado por Juan Martín Larralde y Francisca Echepare "emparentados con los Miraberria- haya bautizado a cuatro de sus seis hijos en parroquias de diferentes villas en un marco temporal de trece años (Andoain, Donostia, Hernani y Berastegi durante 1844 y1857), muestra el estilo de vida poco sedentario que tenía, pero a su vez desmonta tajantemente la calificación de nómadas cuando comprobamos que no se han movido de la misma provincia. ¿Acaso serían nómadas las familias que viven de alquiler hoy en día y se trasladan de domicilio cada cierto tiempo dependiendo de la conveniencia del propio alquiler? Comprobar también que son bautizados, casados o enterrados en municipios no muy distantes entre sí, confirma la hipótesis de su estilo de vida itinerante pero no nómada. Tal puede ser el de los propios Minaberria, pues Jose Maria fue bautizado en 1850 en Zestoa, se casó en 1868 en Mendaro y fue enterrado en Azpeitia. Es posible que el propio José Manuel fuese originario de esta zona, pues el alcalde comunica al gobernador que no es natural ni vecino de Villabona, ni en esta localidad las autoridades ha emitido pase o pasaporte alguno en su favor.

Y todavía obtenemos más información del documento que estamos trabajando, dejando de lado el tema legal y penal que hemos dicho que ahora no nos interesa. Veamos el principio del texto:

“Los guardias civiles me presentaron ayer a José Manuel Miraberria, gitano conducido desde la Ante-Yglesia de Abadiano, el cual fue detenido en la romería del Santuario de Urquiola...”.

Estamos ante la prueba misma del espacio laboral de los gitanos hasta el éxodo rural de la segunda mitad del siglo XX y la masiva industrialización: los mercados y romerías rurales. Probablemente el protagonista, José Manuel Miraberria, al que le han detenido sólo por haber parecido sospechoso, acudía a Abadiño a tratar con alguna caballería o a esquilar algún macho, oficios en los que se ocupaban muchos gitanos. Los prejuicios y la Guardia Civil fueron los que provocaron todo lo demás.

Como acabamos de ver, no queda otra opción que realizar arqueología en estos documentos para poder reconstruir una Historia compensada del Pueblo gitano. Que cada documento que hace mención a gitanos y a gitanas hay que leerlo y releerlo, y una vez hecho, intentar extraer aquello que no aparece como explícito. Porque lo explícito a veces no vale para escribir una Historia completa, como ya decía Arthur Conan Doyle: “No hay nada más engañoso que un hecho evidente”.

David Martín Sánchez

Fuente:  Ereitén

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