domingo, 6 de agosto de 2017

El origen carcelario de algunas expresiones

La cárcel tambien ha aportado sus expresiones a la lengua castellana
Nuestro hablar coloquial está trufado de palabras que tienen su origen en umbrías celdas; atestados patios de prisiones y, por qué no, motines en todo tipo de trullos de la geografía española, de Carabanchel a Herrera de la Mancha, como cantaba Robe Iniesta.

Chinarse

Este cronistas escuchó recientemente en el aeropuerto de Barcelona a una joven de buen ver (de muy buen ver) manteniendo una conversación nada íntima con un interlocutor invisible: “¿Y por qué se ha chinado la Esther?”. Estuve tentado, pero no lo hice, de preguntar a la interfecta si su amiga se había “rajado la carne o las venas con un trozo de cristal en señal de protesta para lograr sus objetivos”, pues ésta y no otra es la acepción que da el glosario de Infoprisión al término “chinarse”, de inequívoco origen carcelario.
No es difícil aventurar la etimología de “chinarse”: ha de venir del “harakiri”, esa tradición japonesa que tan china nos resulta a los occidentales  españoles. Harakiri = japonés = chino = chinarse.

Guay

Hoy en día, “guay” es una palabra bastante demodé y un tanto cursi. Sin embargo, hubo un tiempo en el que tenía un cariz furtivo, casi suburbial. Guay viene del árabe “kuaiis” y lo empezaron a usar los españoles para elogiar la calidad del hachís producido en las montañas de Marruecos. Un costo rico de Ketama era “guay” (bueno) y, por afinidad, el término se fue extendiendo a otros campos, llegando incluso a ser burlesco (“Ramón se cree muy guay”) o degenerando en ripio geográficamente improbable: “Es guay del Paraguay”.

Dabuten

Si has vivido en Madrid durante el último cuarto del siglo XX es probable que “dabuten” formara parte de tu vocabulario habitual, como alternativa no edulcorada al “guay” o al remilgado “debuti” en que derivó. Sobre el origen de “dabuten” hay dos grandes escuelas de pensamiento: la que llamaremos “escuela teutona” considera que es una deformación del alemán “its gutem” (es bueno) por parte de los castizos. Por su parte, la “escuela ramonciniana” sostiene que en realidad procede del caló “bute”, que quiere decir “mucho”. Así, “de buten” vendría a ser “de gran calidad”. Y decir caló en este país es decir trullo.

Como curiosidad diremos que el pico de uso de “dabuten” en la literatura tuvo lugar en 1999, según refleja el inútil pero curioso gráfico de NGram Viewer sobre el particular.

Kie

Otra palabrita que ha vivido épocas mejores. El “kie” de los años ochenta sería “el puto amo” de nuestros días, o algún otro neologismo que ignoro, retirado de las calles como estoy. Bien, puede que no utilices esta palabra cada día y también es probable que sea la primera vez que la escuches, pero su etimología es realmente curiosa, así que vamos con ella: el Kie a quien remite el término no era otro que un tal Arthur Kie, legendario preso que lideró un motín en la cárcel de Carabanchel en los 60. Kie era el más kie, qué duda cabe.

Machaca

El machaca sería lo que los angloparlantes denominan un “false friend”, un amigo de mentirijillas. En la vida civil se ha asumido como el gorila que vigila la puerta del garito, por aquello que “te machaca” te desparramas, pero en la trena el machaca es el esbirro del Kie (ver arriba), el tipo que le consigue cafés o pitillos al chungo de la prisión.

Hacer la trece-catorce

Si bien el foro de los maderos (“policías nacionales”, por el color marrón del uniforme durante los 80), atribuyen a esta expresión un origen carcelario, el equipo de investigación de Strambotic sitúa su génesis en el sector metal-mecánico, en algún oscuro taller de la geografía española:
“«Traéme la llave trece-catorce», le reclamó algún veterano mecánico a su aprendiz. Y mientras el infeliz rebuscaba en el cajón de herramientas los veteranos del taller se partían la caja (de herramientas), pues no existe tal cosa como la llave 13-14. Las llaves de tuercas están numeradas por pares: de la 6-7 a la 30-32. Existe una llave 12-13 y otra 14-15, pero la 13-14 sólo pertenece a la cosmovisión bromista del sector metal-mecánico, tan dado a la chanza.”
Y si no viene del trullo, se preguntará el avispado lector, ¿qué hace esta expresión en esta recopilación? Por su acepción particular intramuros, donde la “trece catorce” es una “maniobra de despiste”. Pues eso.

Plajo

Pedir un “plajo” a alguien por la calle delata la edad del fumador casi tanto como decir “dabuten” o “efectiviwonder”. “Plajo” es en realidad una modificación del “prajo” romaní, que significa “ceniza”, en referencia al output inevitable del acto de fumar un plajo: ceniza a raudales.

Perico 

Lo que viene siendo la coca, la farlopa, la blanca, la drogaína… Su nombre proviene de la locuacidad que le confiere al usuario, que habla y habla como un ave parlante, una virtud probablemente muy apreciada por el compañero de chabolo.

Estupa 

Esta es fácil: abreviatura de “estupefacientes”, en referencia al policía (madero, chapa) que se dedica al lucrativo negocio de interrumpir el flujo de drogaína, perico, chocolate y otros estupefacientes. En el Tíbet, un “estupa” no es un policía sino un templo abovedado en el que se entierran las reliquias de un santo.

Julai 

Aunque en el argot callejero “julai” es una forma peyorativa de referirse a un homosexual (“julandrón” suena aún más grueso), en su origen romaní, un “julai” es una forma despectiva de referirse a alguien, independientemente de sus preferencias sexuales. El término viene de “xulaj”, que significa “dueño”, de modo que el “julai” es ni más ni menos que el que tiene algo, así que ¡no seas julai y regala tus propiedades!

¡Agua! 

“¡Agüita, agüita, que viene la pasma!”, gritaba el Torete a sus secuaces en una escena de la legendaria ‘Perros callejeros’. Y no, los macarras no se remojaban con una regadera sino que se daban el piro, se abrían y se iban de najas.

Fuente: Strambotic

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