jueves, 5 de octubre de 2017

La Dama Blanca del Guadiana

Ilustración: Borja González Hoyos
Ni truco ni trato. Todo pacense que se precie debería saber que si se quiere ver de cerca a la bella Dama Blanca del Guadiana solo tiene que nadar bajo el puente de Palmas una noche en que la luna llena se refleje en sus aguas. La Dama Blanca, sin duda, acudirá a la cita, aunque el precio para contemplarla sea la muerte.

Murmuran los vecinos que miran al Guadiana que en las noches de plenilunio se ve a una bella mujer de blancos ropajes que, flotando sobre el agua y musitando una bella melodía, busca hombres a los que ahogar en las profundidades del río.

Afina más en los detalle Manuel Louriño, quien afirma que la bella ahogada, que se llama en realidad Leonor, habitó en el Badajoz decimonónico y quedó huérfana muy pronto, cuando sus padres, que tenían la extraña costumbre de pasear todas las noches en calesa, mueren ahogados en el Guadiana al quedarse el conductor dormido y caer el coche de caballos al río.

Queda pues la bella Leonor huérfana pero acaudalada y al cuidado de una tía suya, y se acostumbran los pacenses a verla, siempre sola y siempre de blanco, bella como una estatua, erguida en el balcón de su vieja y blasonada casona, con la puerta enrejada cerrada a cal y canto como su alma.

Hasta que una mala tarde pasa por debajo de su balcón un vecino una localidad cercana que viene a hacer negocios y queda (como no) prendado de su inocente y frágil belleza. Tras insistir el apuesto y resistirse la bella acaban citándose en secreto en la cabecera del puente de Palmas.

Tras este primer encuentro llegan otros, y pasan los días escondiéndose y las noches deseándose, hasta que una noche de primavera Leonor cede a los ruegos de su amado y se entrega a sus brazos.

A partir de entonces, el cuento cambia. Y el príncipe se transforma en sapo. El oliventino comienza a espaciar sus visitas hasta que un día ya no vuelve más a Badajoz. Con los ojos hinchados de llorar y el alma rota en mil pedazos, a Leonor aún le quedan los oídos para escuchar, de lenguas amigas y enemigas, que aquel al que ella  ha entregado la honra bajo promesa de matrimonio tenía ya familia en Olivenza.

Leonor, más altiva que nunca, vestida de blanco como aquel primer día de su cita, se dirige al puente de Palmas con la mirada perdida, y a la altura de la cuarta pilastra se arroja al vacío, perdiéndose su bello cuerpo de vista entre los remolinos del río.

Nunca apareció el cuerpo, pero todos conocen la leyenda.

Y cuentan que no hace mucho una noche de luna llena un joven envalentonado nadó hasta la cuarta pilastra. Al volver vio flotando cerca de él a una bella mujer vestida de blanco.

El joven intenta nadar hacia el embarcadero, pero siente que algo o alguien tira fuertemente de él hacia el fondo del río. Sus compañeros, que lo observaban desde la orilla, lo salvan por los pelos. Medio ahogado, solo acierta a balbucear que la ha visto, que ha visto a la Dama Blanca… En sus pupilas puede verse el horror más absoluto. Y en sus tobillos, claramente marcadas, las huellas inconfundibles de unos dedos de mujer.

Texto de: Israel J. Espino
Fuente:
Extremadura Secreta

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